¿Por que mentimos?

¿Quién puede decir que no ha mentido nunca? Ya sean mentirijillas, mentiras piadosas, engaños, invenciones, farsas…aparecen con bastante frecuencia en nuestra sociedad.

La mentira es toda aquella conducta verbal respecto a un hecho que no se corresponde con el hecho en sí. Se estima que en cada conversación de más de diez minutos, mentimos como mínimo una vez; y que un tercio de las veces que charlamos con nuestra pareja también lo hacemos. La mentira es, por tanto, un elemento que está presente de forma continua en nuestra relación con el mundo.

Puesto que la mentira es castigada o reforzada conforme los hábitos psicosociales de los grupos, sus efectos más que provechosos, para algunos individuos o grupos, son contraproducentes para una sociedad normal. Si bien, existen grupos de sujetos que sacan algún “beneficio” directo o indirecto de las mentiras, sin embargo, el efecto a medio o largo plazo no es para nada provechoso para la sociedad en su conjunto. Por ejemplo, las mentiras pueden generar rupturas de parejas, conflictos familiares, o conflictos interpersonales.

Claro está que en ciertas situaciones es lógico que tratemos de encubrir la verdad. Es el caso de los asesinos o criminales que bajo ningún concepto quieren ser descubiertos. Para ello inventan ingeniosas estratagemas y eligen complicadas coartadas con el fin de cubrirse las espaldas.

A pesar de esto, llama la atención el hecho de que la gran mayoría de nosotros no somos criminales y, por lo tanto, no tenemos esa apremiante necesidad de mentir. Y sin embargo, lo hacemos.

En las primeras etapas del crecimiento no existe la mentira para el niño, puesto que el niño expresa lo que siente, lo que ve, lo que le duele, sus disgustos, sus alegrías, etc. Después de los tres años, el niño puede mentir sin intención de mentir, dañar o falsear o también puede mentir por imitación.

Entre los cuatro y seis años, el niño se crea cuentos, y se inventa otra realidad  y habla de ella como si existiese.

Entre los siete y doce años, en función de su vivencia en el ámbito escolar y en la familia, el niño ya se da cuenta que miente para ocultar algo “malo” que ha hecho; miente para culpar a un compañero que le quitó algo; miente para no mostrar sus sentimientos o pensamientos; o para no ser castigado. En este rango de edad el niño puede aceptar que miente, y reconocer que ha falseado la información. El niño puede aprender a mentir cuando: a) Observa que su comportamiento de mentir le posibilita ocultar un hecho con posibles consecuencias negativas para él, b) ve que saca alguna ganancia como consecuencia de la mentira. Entonces, el niño repite el acto de mentir puesto que le trae recompensa, o  c) por imitación, el niño aprende de sus padres, hermanos mayores y de todos aquellos allegados que interactúan con él y que muestran la mentira como algo “necesario”.

Así, el acto de mentir es aprendido por las consecuencias en el individuo y en el propio ambiente.

La mayoría de los engaños que hacemos son las llamadas mentirijillas o mentiras piadosas, las cuales nos resultan sin importancia y no les prestamos demasiada atención. Pero además, también son frecuentes aquellas mentiras más elaboradas y “graves”, como son el ocultar una infidelidad, una paternidad o una deuda.

A veces nos cuesta mucho aceptar nuestras equivocaciones o enfrentarnos a aspectos que nos resultarían dañinos, tampoco parecemos tener especial interés en descubrir la mentira del otro. Por tanto, es como si prefiriésemos que nos contasen una trola, en lugar de tener que enfrentarnos a lo que la verdad supondría, así una esposa que, casi sin darse cuenta, lucharía por “creerse” las excusas de su marido acerca de sus viajes de negocios, manchas de carmín u olor a colonia de mujer por haberse cruzado con su hermana o su madre, que aceptar la terrible realidad de que le está siendo infiel.

Enfrentarse a la verdad duele, y no nos gusta sufrir innecesariamente, por lo que es mejor vivir en un mundo imaginario en el que todo es maravilloso.

Según  Robert Feldman, “mentir es algo que va unido  a la autoestima“. Hay quien miente por costumbre, por envidia, por miedo o por interés. El engaño en algunas personas supone salvaguardar su autoestima, para creer cosas que le ayuden a sentirse seguro y evitar pensar aquello que no le gusta. Encontramos en la mentira  un trampolín hacia nuestros objetivos, y luego no sabemos parar por creer que perderemos.

Descubrir por qué mentimos, nos ayudará a dejar de hacerlo. No se trata de ser totalmente sinceros y decir todo aquello que pensamos, ya que de esta forma no tenemos en cuenta al otro, ni respetaremos sus derechos, sino se trata de serlo hasta cierto punto, adaptándose al contexto y a las necesidades de cada uno.

http://blogs.periodistadigital.com/aprende-a-escucharte/2014/06/17/por-que-mentimos/#.U5_uBb6QJt8.twitter

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